Hace unos días, ante la crítica ausencia de macho alguno decidí buscar por mi cuenta un acompañante que entretuviese mínimamente mis solitarios días (o al menos mis solitarias noches).
Hasta aquí, normal. La cosa es que, en lugar de irme a cualquier pub de mala muerte como haría cualquier persona con dos dedos de frente, me sorprendí a mi misma merodeando por la zona de ordenadores de El Corte Inglés, a la caza de un portátil que satisficiera mis más ocultos deseos consumistas. Cosas de la vida, no intentéis buscarle sentido.
El caso es que al llegar a casa, y tras pasarme una hora desempaquetando todo lo empaquetado y enchufando todo lo desenchufado decidí evadirme de la cruda realidad y curiosear por la red. Ya sabéis, buscar recetas en foros de cocina e informarme sobre ofertas en viajes low-cost. Estuve un buen rato merodeando por estos lares, y creedme si os digo que por unos minutos conseguí olvidarme de mi patética vida asexual para refugiarme en un mundo de cultura y ocio. Pero al instante descubrí con mis propios ojos una realidad que precisa ser comunicada al mundo con prioridad crónica: Internet tiene vida. Si, señoras y señores. Y no solo eso, sino que aparte de tenerla intenta destrozar la del humilde internauta a base de mensajes subliminares.
Me explicaré. Tras visitar unas cuantas decenas de páginas, mi vista no pudo evitar desplazarse hacia los anuncios que bombardeaban sin piedad cada esquina de mi monitor de quince pulgadas. Al principio, la cosa no era preocupante. Tonos polifónicos para que tu móvil tenga la personalidad que tú has perdido; coches que parecen ser una ganga pero que entre plazos y plazos acabarán por hacerte empeñarte a ti misma para poder pagarlo, y demás atrapa-bobos. Sin embargo, empecé a preocuparme realmente cuando cada página que abría, me sorprendía con otra clase de ads (del inglés “advertencia”): “Encuentra a tu pareja ideal” “¿Sola y sin compromiso? Este es tu portal”, “¿Tu vida amorosa ha dejado de cobrar sentido?”, “Enamórate”, “Tu media naranja a un solo click”. Oh, cielos. ¿Qué clase de maníaco me conocía mejor que yo misma? ¿Alguien me estaría espiando? ¿Estaba viviendo un Show de Truman al más puro estilo Bridget Jones? ¿O quizás era que los ordenadores habían desarrollado una inteligencia para normal y este era solo el primer paso para dominar y esclavizar a la especie humana?
Quién sabe. Misterios de la ciencia y tecnología. Pero de momento yo tengo la teoría de que las personas como tú o como yo, embriagadas por la escasez de sexo, desprendemos cierto tipo de sustancia que hace que los hombres se nos alejen, y por el contrario nos lancen constantes indirectas para que no se nos olvide cuán patética es nuestra vida. Ya sea en forma de parejas empalagosas que demuestran su amor frente a nosotros, o en forma de patéticos anuncios con fondo rosa y corazones parpadeantes.