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Alguna vez te ha pasado o podido pasar. Quizás nunca si tienes suerte. Lo que está claro es que no te gustaría tener que llegar a esa situación, pero cuando la carne llama a la carne no hay interferencias en la señal que valgan.

Estamos hablando del polvo entre amigos. El acto sexual sin compromiso alguno. Teóricamente, este es el único polvo que no cambia la relación entre las 2 personas que lo llevan a cabo, ya que se trata de un favor entre los 2 (por necesidad o por cuales sean los motivos que los lleven a ello) más que de una noche de pasión o de una demostración de amor.

Pero como todo en esta vida, tiene sus complicaciones. Primero, en la práctica. Porque claro, tú si conoces a alguien en un pub y te lo llevas a tu cuarto para trajinártelo, qué más da que te vea en todo tu esplendor, si total las próximas veces (si es que las hay) lo verás más tiempo sin ropa que con ella. Pero si es tu amigo la cosa cambia y aparece la vergüenza, que te tira para atrás, pero el calentón y la necesidad te siguen empujando y te acabas deshaciendo de ella en una batalla campal, aunque no es fácil. En segundo lugar, en los sentimientos post-coito. Porque ¿qué te asegura que, si el cielo esa noche se llena de juegos artificiales, no acabarás sintiendo algo más que amistad? Piénsalo bien: es tu amigo, así que lo conoces o al menos crees conocerlo; tienes la suficiente confianza con él como para acostaros juntos (tampoco es plan de decírselo al amigo que conociste hace un mes en tu clase o en tu trabajo)… ¡Vaya lío!

En conclusión: el polvo entre amigos debería ser un contrato firme e irrompible con reglas estipuladas con claridad y condiciones sin las cuales no se podrá llevar a buen puerto. Así que ya estás llamando a tu amigo el cabrón, ese que deja a sus parejas por teléfono y cuya relación más larga duró una semana, el que se lía con tres en la misma noche y que tiene fama de no haber dejado insatisfecho a nadie nunca. Al menos sabes que, por muy bien que te folle, es imposible que te enamores de él. Y bien a gusto que te vas a quedar.

Se busca respuesta

¿Qué papel juega la predisposición en las relaciones sentimentales?

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¿Cómo darse cuenta de si merece la pena o es una pérdida de tiempo?

¿Cuán necesario es el sexo en la vida de una persona? ¿Y de dos?

¿En qué momento exacto el sexo se convierte en una manifestación de afecto?

¿Es la incompatibilidad una cualidad de la que no nos podremos nunca desprender en nuestra búsqueda de la persona con quien compartir nuestros más profundos anhelos?

El mejor amigo

Una relación nunca es cosa de dos. Está la pareja en cuestión, que son obviamente las personas más importantes, pero nunca están solos: sus familias, sus amigos, hasta sus jefes, son factores que deben tenerse en cuenta a la hora de hacer balance del nivel de satisfacción que su relación medianamente estable les proporciona.

Y es inevitable que ocurra, es inevitable que aparezca esa persona querida por uno y odiada por otro. Puede ser un familiar, puede ser el mejor amigo (en quien me centraré), etc. Y es en ese preciso momento cuando te das cuenta de que uno más uno, desgraciadamente no suman dos.

¿Cuántas relaciones habrán terminado por culpa del mejor amigo? Sabes perfectamente quién es. Es ese que los jueves/viernes/sábados (escojan su día de salida nocturna, si no todos) bebe tanto y cuyos movimientos en la pista de baile dan alas a la aparición de la vergüenza ajena, ese por cuya culpa tus planes se van al traste (y el cual normalmente se lo ha propuesto justo cinco minutos antes que tú), ese que todavía no se ha hecho a la idea de que su amigo (suele ser el mejor amigo del chico heterosexual) ya no está libre, y ese a quien vas a tener que seguir aguantando todas las semanas si quieres que tu relación vaya, aparentemente, viento en popa.

Aunque a veces el mejor amigo se pone pesadito, y como está soltero y salido (siempre está soltero y salido) se acaba enamorando de ti. Porque eres muy sexy. O porque él está muy necesitado (no te lo creas tanto, bonita). Y por evitar sus miradas babosas, los incómodos saludos con dos besos que tratarás de evitar de cualquier forma pero que finalmente se producirán, y las etílicas confesiones de amor, harás todo lo que esté al alcance de tus manos, por muy duro que sea. Hasta dejar a tu pareja. A decir verdad… no lo querías tanto.

Lo peor es que no aprenderás la lección, volverás a caer en la mentira de que para que una relación funcione sólo es necesaria la fórmula del “tú más yo” y te volverás a caer, porque “esta vez será diferente”.

No, las relaciones son todas iguales, con pequeños matices. Su perfume, su estilo a la hora de vestir, su piso, sus padres, sus amigos, sus aspiraciones, su grado de demencia, su salario (o el de sus padres), los orgasmos que te produzca. En cambio, el esquema de la relación nunca variará. En todas habrá la fase de algo más que amigos, de novios, de miedo a decir “te quiero”, y si la cosa dura, las demás etapas de demostración de amor; matrimonio y familia para los más clásicos. Pero les empezarás a gustar por lo mismo, te querrán por lo mismo y te dejarán por lo mismo.

Y cuando lo dejéis, al cabo de un tiempo te volverán a llamar. Para lo mismo.

Nuevo concepto de amistad

Las relaciones humanas, a pesar de lo que parezca y de lo que la gente diga, no son para nada complejas. Incluso me atrevería a decir que son anodinas y extremadamente sencillas. Un momento, que no me refiero al complicado mundo de las relaciones amorosas/ sexuales. Que como bien se sabe ya, merecen cincuenta mil capítulos aparte y unos veinte suplementos especiales de fin de semana para intentar raspar su gruesa superficie.

Aquí me refiero a otra clase de relaciones. Las más antiguas y si se cuidan, hasta algo duraderas. Hablo de la amistad.

Mientras un escalofrío mezcla de desconfianzas, puñaladas y alguna que otra lucha en el barro por amores imposibles recorre tu cuerpo, voy a introducirte en este, como ya digo, simple y llano mundo.

Las relaciones de amistad se basan desde siempre en un solo principio (dejando de lado, por supuesto, el interés repentino): las aficiones comunes.

Estamos todos de acuerdo, ¿no? Y la cosa hasta parece normal cuando hablamos de gente que se junta al tener el gusto mutuo de encerrarse en su habitación y escuchar música tirolesa, cocinar pasteles de hojaldre y cabello de ángel a las nueve de la mañana o ir a jugar al pádel los domingos por la tarde.

Sin embargo, hoy os traigo la última moda, que dejará obsoletos todos cuantos nexos de unión entre humanos se hayan visto.

Lo último de lo último es que las personas con pareja se junten para compartir vivencias, trapos sucios y trucos para arrebatarle el corazón poco a poco a ese ser que ahora no tendrá otra función que fomentar las relaciones y el ocio. Y cuidadito, porque si te acercas a ellas no harán otra cosa que, si tienes suerte,  mirarte con desprecio, y sino girar con desdén la cabeza mientras anotan en sus agendas los comentarios que hacer en sus próximas destripadoras reuniones.

Y esta es la cruda realidad. Así que después de esta breve reseña sobre la nueva utilidad de los hombres, sacamos una única conclusión:

La más importante y conocida bipartición del mundo se ha vuelto a hacer notar por enésima vez: tenemos por un lado a los humanos con pareja, esos seres incomprensibles y de inalcanzable imitación, que se juntarán para hacerte sentir insignificante e inútil. Y por otra parte están las personas como tú, sin pareja estable, y por lo tanto sin amistades con pareja estable. Pero míralo por el lado bueno. Que tú no tengas pareja llevará a que trabes amistad con personas sin pareja, hecho que os hará sentiros mejor, al no tener con quien compararos, o lo que es lo mismo, a quien odiar con todas tus fuerzas.                                                                                                                             Acción, reacción.

 

 

Límites

Oh, no. Ahí están. Te dan asco pero no puedes dejar de mirarlos. Por eso te acercas lentamente a la persona de confianza más cercana a ti en ese momento y muy bajito y sin levantar demasiada sospecha (aunque puedes gritarlo si quieres, se pasan el día mirándose el uno al otro ajenos a la sociedad. No saben ni lo que es el Chiki Chiki), le comentarás: “menudos cursis“. ¿Sabes ya de quiénes estoy hablando? Sí, lo sabes. Y si no tienes un momento demasiado lúcido y tus neuronas se resisten a asociarlos a alguien, pronto te enterarás.

Repasando la Constitución como todos los días, me di cuenta de que falta un artículo vital para poder vivir en absoluta democracia y acabar con muchas de las guerras en el mundo. Prohibición de la sobreexposición pública de las parejas.

¿Es realmente necesario que todo ser viviente a 10 km a la redonda se entere de lo mucho que quieres a tu “churri”, de que le pone cachondo o cachonda que le hagas cosquillitas en la oreja (con los labios, claro) y por eso se ríe de una manera tan tonta y artificial? ¿Es necesario colgarse un cartel invisible alrededor en el que se puede leer “esta noche mojo”? ¿No os habéis dado cuenta de que desde que habéis salido a la calle el mundo se ha convertido en una fábrica de Miel San Francisco a macroescala? ¿Y de que los solteros también existimos?

Las demostraciones públicas de amor deberían tener un medidor que parpadease cada vez que se sobrepasasen los límites permitidos. Un matrimonio de esos que pasean jersey a la espalda cogidos de la mano. 1 sobre 10 (a nadie le asusta esa imagen). Sin represalias. La parejita de la facultad que va de la mano hasta para ir al baño (y porque no hay baños mixtos, que sino hasta le sujeta el miembro). 300 sobre 10 y subiendo. 300 € de multa por minuto y una orden de alejamiento de 50 centímetros mínimo (cuantos más mejor) en público. A trajinar os vais a vuestra casa.

Ante situaciones como esta cabe preguntarse cuáles son los límites de la intimidad. No se trata de reprimir los impulsos de demostrarle a la persona amada que te importa, sino de diferenciar el contexto más apropiado para ello. No pasa nada por dar un besito en la calle de vez en cuando, ni por ir de la mano después de una velada que jamás se te va a olvidar. Hacerlo por sistema, además de poco creíble, es preocupante. ¿Hasta qué punto es lícito compartir algo tan íntimo y con tanto significado como un beso apasionado con gente a la que no has visto en la vida? ¿Y hasta qué punto las relaciones se basan en la percepción que tienen los demás de ellas? ¿Es acaso este tipo de comportamiento una especie de reafirmación de que todo va sobre ruedas y quienes lo llevan a cabo necesitan una afirmación ajena para terminar de creérselo?

O algo mucho peor, ¿se han difuminado las barreras de lo público y lo íntimo, o hemos llegado al extremo de derribarlas como si del muro de Berlín se tratase? Bienvenida, primavera.