Una relación nunca es cosa de dos. Está la pareja en cuestión, que son obviamente las personas más importantes, pero nunca están solos: sus familias, sus amigos, hasta sus jefes, son factores que deben tenerse en cuenta a la hora de hacer balance del nivel de satisfacción que su relación medianamente estable les proporciona.
Y es inevitable que ocurra, es inevitable que aparezca esa persona querida por uno y odiada por otro. Puede ser un familiar, puede ser el mejor amigo (en quien me centraré), etc. Y es en ese preciso momento cuando te das cuenta de que uno más uno, desgraciadamente no suman dos.
¿Cuántas relaciones habrán terminado por culpa del mejor amigo? Sabes perfectamente quién es. Es ese que los jueves/viernes/sábados (escojan su día de salida nocturna, si no todos) bebe tanto y cuyos movimientos en la pista de baile dan alas a la aparición de la vergüenza ajena, ese por cuya culpa tus planes se van al traste (y el cual normalmente se lo ha propuesto justo cinco minutos antes que tú), ese que todavía no se ha hecho a la idea de que su amigo (suele ser el mejor amigo del chico heterosexual) ya no está libre, y ese a quien vas a tener que seguir aguantando todas las semanas si quieres que tu relación vaya, aparentemente, viento en popa.
Aunque a veces el mejor amigo se pone pesadito, y como está soltero y salido (siempre está soltero y salido) se acaba enamorando de ti. Porque eres muy sexy. O porque él está muy necesitado (no te lo creas tanto, bonita). Y por evitar sus miradas babosas, los incómodos saludos con dos besos que tratarás de evitar de cualquier forma pero que finalmente se producirán, y las etílicas confesiones de amor, harás todo lo que esté al alcance de tus manos, por muy duro que sea. Hasta dejar a tu pareja. A decir verdad… no lo querías tanto.
Lo peor es que no aprenderás la lección, volverás a caer en la mentira de que para que una relación funcione sólo es necesaria la fórmula del “tú más yo” y te volverás a caer, porque “esta vez será diferente”.
No, las relaciones son todas iguales, con pequeños matices. Su perfume, su estilo a la hora de vestir, su piso, sus padres, sus amigos, sus aspiraciones, su grado de demencia, su salario (o el de sus padres), los orgasmos que te produzca. En cambio, el esquema de la relación nunca variará. En todas habrá la fase de algo más que amigos, de novios, de miedo a decir “te quiero”, y si la cosa dura, las demás etapas de demostración de amor; matrimonio y familia para los más clásicos. Pero les empezarás a gustar por lo mismo, te querrán por lo mismo y te dejarán por lo mismo.
Y cuando lo dejéis, al cabo de un tiempo te volverán a llamar. Para lo mismo.